Vídeo
El operador del dron me dejó encargado para que nadie traspasase la línea imaginaria que previamente habíamos definido en el perímetro del puesto C de la cadena de montaje. Grabábamos el momento en que un grupo de operarios perfectamente sincronizados colocaban las lunas de un autocar.
Estaba tan metido en el papel de vigilante que no advertí de su presencia hasta que un ligero carraspeo me obligó a voltear la cabeza. Era el director de la empresa. Un tipo en mangas de camisa, entrado en los sesenta, enjuto y con una barba rala. Tenía un aspecto mesiánico muy acorde a su concepto de empresa como una suma de las capacidades individuales de las personas. Personas y no trabajadores. En el término y, como parte activa, nos incluía también a los proveedores.
– ¿De qué empresa sois? Me preguntó, describiendo con su dedo índice un círculo en el aire que nos englobaba al operador y a mí.
Le contesté y después mantuvimos un diálogo en el que, básicamente, él preguntaba y yo respondía. A qué nos dedicábamos, cuántos éramos, desde qué año trabajábamos con ellos, qué otros clientes teníamos...
Hablaba con una voz mezcla de chamán e ilusionista de espectáculo de hipnosis. Mi nerviosismo inicial tornó en tranquilidad y sosiego y, en aquel estado, acepté su invitación para acompañarle a su despacho. Entramos y comenzó a descalzarse. No vio mi cara de sorpresa. Ni mi atónita reacción cuando comenzó a dar pequeños pasos sobre un diminuto parterre de hierba natural rodeado de piedras de jardín que, al entrar, me pareció un elemento decorativo.
– Sobre la hierba, con los pies desnudos, las personas somos incapaces de mentir...
Permanecí en silencio, esperando la continuación a una frase que se me antojó un titular de revista filosófica. Pero no hubo tal. Solo un gesto para que yo hiciese lo mismo.
Confieso que me sentí ridículo. Dos tíos en una isla verde de no más de un metro cuadrado, jugando a sincerarse. Yo le hablé en términos de admiración, gratitud y respeto hacia su persona y él del aspecto creativo de mi profesión y de la improcedencia de fijar un precio a los trabajos que consiguen emocionar. "Las artes son intangibles" creo que dijo.
Después de aquello, dejamos la hierba, nos pusimos los calcetines y los zapatos; él se sentó en su butaca y yo al otro lado del escritorio. De un cajón sacó un impreso que reconocí inmediatamente como el del presupuesto del vídeo que estábamos grabando. Habló:
– Tenéis qué hacernos un veinte por ciento de descuento.
Tuve la tentación de volver a descalzarme, pisar la hierba y decirle que era un hijo de puta. Pero en vez de eso me quedé como un pasmarote, diciendo que sí con la cabeza.