Plan de fuga
Recluido en aquel lugar reducido y oscuro al que instantes antes le habían obligado a introducirse completamente desnudo, el sujeto comenzó a maldecir su suerte. Había llegado allí por su mala cabeza. Por no saber controlar sus impulsos. Por hacer caso a una mujer. Por ser, en definitiva, un gilipollas. Tenía miedo. Fuera, la mujer que lo había conminado a meterse allí, discutía acaloradamente con un hombre recién llegado. Cuando dejaron de gritar, se dió cuenta de que el hilo de luz que se filtraba por el hueco de la puerta era ahora mayor. Estaba abierta. Rápidamente pergeñó un doble plan de fuga al que se agarró por necesidad. En el primero, debería buscar la salida a la derecha, cruzar un largo pasillo, atravesar otra puerta y dirigirse a las escaleras que le conducirían al exterior. El segundo consistía en alcanzar la ventana, que sabía estaba abierta, y descender por una de las bajantes. Se decidió por este último pero cuando salió del armario y vio al tío apoyado en la repisa de la ventana, fumándose un cigarro, tuvo que cambiar de plan sobre la marcha. Iba a rebasar la primera puerta cuando, repentinamente, giró la cabeza y lanzó un beso silencioso y concupiscente a la mujer tendida en la cama. Ella le respondió llevándose el dedo índice a los labios, pidiéndole sigilo. Transcurrieron unos pocos segundos y el tipo de la ventana, dirigiéndose a su mujer le dijo: "la gente está como una cabra. ¡No te jode! Un tío corriendo en pelotas a estas horas de la noche".