Queso Cheddar
De visita en una fábrica semiartesanal de queso Cheddar en el condado de Somerset, mi atención se centró en el chico pelirrojo, encargado del proceso de "cheddarizacion". La factoría produce un queso de una marca conocida, muy apreciado entre los gourmets por su sabor ligeramente agrio, mezcla de caramelo, manzana y cebolla, por su color paja pálido y por su textura firme, lisa y cerosa. George, que así es como se llama el chaval, dividía en dos la masa cuajada, prensando ligeramente cada una de las partes contra las paredes de la tinaja y permitiendo que un canal de suero, cada vez más ancho, se abriese paso entre ambas. Después, hizo de las dos partes, cuatro. Las apiló y volvió a dividirlas. Y así, un par de veces más. El guía nos hablaba de la gran habilidad que se necesitaba para manejar la masa sin correr el riesgo de que se deshiciese en las manos. En ese punto, hizo un encendido halago de George y dijo que sus manos eran como las del mismo Dios. La visita continuó y yo me quedé unos pasos atrás y aproveché para hablar con el muchacho. Me contó, con esa sonrisa eterna, tan propia de los síndrome de Dawn, con esa tartamudez, tan blanda y tan tierna, que pronto automatizarían esta parte del proceso con la compra de una máquina nueva y que él pasaría a la sección de empaquetado. Me despedí con un apretón de manos y sentí, de verdad, un pellizco sobrenatural. Sigo consumiendo queso Cheddar. Siempre de la marca de la empresa que visité. Ya no valoro tanto el sabor, el color o la textura. Me importa más la calidad del termosellado y del envasado al vacío. Sé que en ellos es visible la mano del mismo Dios.